Adventures in London (1): primer día y nos equivocamos de dirección

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¡Que nos vamos a Londres! / Fotografía de IR

¡Buenas para ti, que lees La 4ª Línea! Ha llegado el día en que comparto contigo mis aventuras de nuestro viaje a Londres. Mi novio había viajado en avión varias veces pero yo era nueva en esto. No sabía si me daría miedo volar o me pondría muy nerviosa. Así que no pegué ojo en toda la noche. Ponte cómodo porque esta entrada va para largo.

Tengo dos anécdotas muy divertidas, en su momento lo pasé mal, pero ahora me río. La primera, decidimos viajar con la compañía EasyJet y con dos bultos de mano, uno cada uno. En el control de equipaje, mi novio se dejó olvidada la maleta en la cinta transportadora. Cuando estábamos en un quiosco mirando si comprábamos una revista para el vuelo de ida, él va y suelta:

-Oye, me noto muy ligero, ¿y la maleta?

Ni contesté. Eché a correr a ver si aún estaba la maleta. Por suerte, uno de los revisores la estaba guardando. Subimos al avión tras pasarme como una hora echándole en cara su descuido, eso sí, con un poco de humor.

¿Te acuerdas que te dije que no pegué ojo en toda la noche? Me entró una paranoia nocturna en la que pensé que me daría un ataque de ansiedad en el vuelo al imaginarme estar sobre miles de kilómetros en el aire. Así que en parte me metía con Ernest para no pensar en que me podía dar algo a causa de mis nervios.

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Tuvimos que levantarnos a las cinco de la madrugada / Fotografía de IR

 Me senté junto a la ventanilla. La piloto resultó ser mujer y nos dijo por megafonía que el despegue se retrasaba para dar prioridad a otro vuelo pero que en una media hora saldríamos. A los veinte minutos se pasea por las pistas de vuelo. Mis nervios iban “in crecendo”. De pronto, coge velocidad y levanta el morro. Miro por la ventana que nos alejamos del suelo mientras mi estómago se contrae. Pero la sensación es buena. Me recuerda a cuando te subes a una atracción. Notas la adrenalina y la dopamina.

Soy amante de las atracciones. Me encantan porque eliminan el estrés. Así que lo admito, soy adicta a volar. Me produce una agradable sensación en todo mi cuerpo. ¡Y las vistas son únicas! Me pasé parte del vuelo con la boca abierta mirando el cielo. Incluso estaba tan relajada que me dormí un poco.

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Mira que vistas más bonitas, no me extraña que el hombre quiera volar / Foto de IR

La piloto se le notaba por el acento que era británica. Nos mantuvo informados durante todo el vuelo de la ruta, temperatura y posibles turbulencias. Me sorprendió el alto grado de comunicación con los pasajeros. Le agradezco que hiciera mi primer vuelo tan agradable y seguro.

Una vez llegamos al aeropuerto Gatwick, sucedió la segunda anécdota. Me había mirado en Google qué transportes públicos coger para llegar a Londres… con tan mala pata que la nota donde lo había escrito, me la dejé en casa. Únicamente recordaba que el cercanías era un Southern. Así que toda convencida y con ansias de llegar a la capital, miré el panel de trayectos por compañías y le dije a mi novio que había que comprar el primero que vi de Southern…

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El paisaje es tan distinto del mediterráneo, me gustó su naturaleza / Fotografía de IR

Una vez en el tren, dejamos las maletas, respiramos y de pronto, una sensación de intranquilidad me invadió. Me levanto a mirar las paradas… ¡Horror! Vuelvo al asiento toda roja.

-Emm… cielo… Estamos en el tren correcto pero en la dirección equivocada.

-¿A dónde estamos yendo?

-A Brighton…

-¿Dónde está eso?

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Ernest tan tranquilo, sin saber que la había liado parda / Foto de IR

Resumiendo, por chinchar sobre la maleta, el karma me lo devolvió. Bajamos a la parada, me disculpé mil veces, me lamenté de dejarme la maldita nota (¿Cómo no se me ocurrió sacar foto con el móvil?) y compramos nuevos billetes para Londres.

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La parada donde nos bajamos al darnos cuenta de mi fatídico error, el primero que cometo como viajante / Fotografía de IR

Una hora más tarde estábamos en tierra londinense. Me sentí tan mal por mi error que me encargué de comprar las dos Oyster semanales con la tarjeta de crédito. Así no gastábamos buena parte de las libras que trajimos. Por cierto, mucho se quejan en Barcelona del precio del Metro pero eso es porque no han pagado fuera. Me costaron 80 libras las dos tarjetas para una semana ilimitada de viajes en el transporte público de dos zonas en Londres. ¡80 libras son 100€! Eso es lo que nos cuesta a los dos en Barcelona por la tarjeta mensual de viajes ilimitados.

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En un documental que vimos en el hotel mostraban que limpiaban los vagones todos los días, incluso el techo / Foto de IR

Escuché muchas quejas de que el metro londinense era sucio, lento, desfasado… Me encontré con que todo esto estaba muy lejos de la realidad. Llegamos un domingo y durante toda la semana sólo tuvimos que esperar un minuto para que llegara. ¡Un minuto! En Barcelona, un domingo o festivo puedes tirarte 15 minutos según la hora que lo cojas. Para nada lo encontré sucio. Al contrario, los asientos están tapizados y son muy blanditos. Los vagones son estrechos, cuando te sientas, estiras las piernas y puedes tocar los asientos de enfrente. Cosa que está prohibido, tened cuidado.

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Interesante anuncio puesto en el metro donde te cuenta que te pagan por ponerte enfermo si aceptas unas pruebas / Foto de IR

El metro de Londres es el más antiguo del mundo y ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. La tarjeta Oyster que compré era la contactless, la pasabas por encima en las puertas y se abría automáticamente. ¡Wow! Además es recargable. No como en Barcelona que es de papel y debes tener cuidado de no doblarla o se estropea la cinta magnética. A ver si toman nota los de ATM, ¿saben cuánto papel nos ahorraríamos?

Además, están obsesionados con informarte por cualquier cosa que pasa. Si el metro se va a quedar parado treinta segundos (¡ojo, treinta segundos!) por una incidencia en la siguiente estación, te lo dicen al momento. Nos ha pasado. ¡Flipa! Aquí te avisan a los diez minutos, que todos nos quedamos mirándonos a las caras y asomando la cabeza al andén por si oyes algo. Esa es otra, la mayoría de las veces lo dicen en la estación, no en el interior del vagón. Comunicación, informar no es malo.

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La entrada a nuestro bed&Breackfast / Foto de EF

Reservé el hotel en la zona de Islington, en la parada de metro Finsbury Park. El sitio se llamaba Central Park Hotel. Lo conseguí con una oferta sensacional en la web Atrápalo. La verdad es que nos gustó su ubicación, una calle residencial. Eso significaba tranquilidad para dormir. Creo que era una de las pocas cosas buenas.

El hotel está bien si sólo lo quieres para dormir y desayunar (que viene incluido). Las personas de recepción eran inmigrantes y no sabían hablar muy bien el inglés. Salvo una mujer joven y rubia, un poco amargada pero se lo perdono. En esa semana también se hospedaron unos franceses que se quejaron cada día por cualquier cosa de su habitación. Encima, eran clientes muy prepotentes. De todos modos, a nosotros nos trataron con mucha amabilidad.

La habitación estaba llena de polvo por todas partes. Se notaba que no habían pasado ni la escoba. Las paredes con manchas sospechosas, pero no vamos a pensar mal. El baño enano, grifería antigua. Al menos, el agua salía muy caliente. El suelo de parquet pero abombado. A veces me costaba cruzar la habitación para ir al baño porque notabas físicamente la subida. En la web decían que cambiaban las sábanas cada dos días. No fue así en nuestro caso. Eso sí, las toallas nos las renovaron cada día.

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En la imagen se percibe el suelo desigual, mola porque haces ejercicio… justo lo que más me gusta / Fotografía de EF

El desayuno buffet no era la gran cosa. Pan de molde, jamón york, queso, cereales de copos de maíz, cereales integrales, mermeladas, mantequilla, zumo de naranja, agua/leche caliente y fría, bolsas de té y bolsas de café de la marca Nescafé. Sin embargo, cumple su función de darnos algo de papeo para arrancar el día. El wifi sólo se accede en el hall.

Como he dicho, lo conseguí por una mega oferta y no nos quejamos. Además, como sólo lo queríamos para dormir, ducharnos y desayunar, pues tira que va. Dejamos todas las cosas en la habitación y decidimos empezar nuestro primer día en Harrods. Pero de eso hablaré en el siguiente post.

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Los grandes almacenes de lujo / Fotografía de IR

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